Un crustáceo que no se come más que en España y en las costas levantinas de Francia e Italia.
Su carne es muy fina y se diferencia de la langosta, además de ser muy pequeño con relación a ésta, en que su caparazón carece de púas.
Se acerca más por la forma la quisquilla o camarón. En Madrid se hace buen consumo, sobre todo en las cenas de última hora.
En Andalucía se sirven a destajo, y en Barcelona abundan mucho, pero los de Cádiz son insuperables.
Los langostinos no tienen más que una preparación culinaria: cocerlos bien en agua, con mucha sal, por espacio, desde que rompe el hervor, de ocho minutos por cada 100 gramos de peso; escurrirlos seguidamente y servirlos bien fríos.
Los langostinos a la vinagreta son muy buenos, pero el buen comedor de langostinos monda la cola, la espolvorea con sal y pimienta, la come, y después chupa y
despachurra con los dientes los caparazones.